En la solemnidad de la Ascensión del Señor, nuestro párroco, pbro. Juan Francisco Pinilla, nos comparte su homilía.
La fiesta de la Ascensión del Señor y Pentecostés son dos fiestas que brotan de la gran celebración de la Pascua de este año. No son fiestas separadas, ambas prolongan y profundizan la Pascua, porque muestran el sentido profundo de la resurrección del Señor, único mediador entre Dios y los seres humanos. En su propia humanidad Él da Gloria al Padre en su retorno al cielo y, por otro lado, nos dice: "Yo estoy siempre con ustedes hasta el fin del mundo". Su vuelta al Padre e un modo nuevo de estar con nosotros.
Esta fiesta marca el inicio de la iglesia. El Señor le confía a un grupo pequeño y frágil, de hecho dice el evangelista que eran 11 cuando Señor había fundado 12 y después dice que algunos adoraron y otros dudaron. Ese es el misterio de la iglesia, es decir, nuestra realidad. Duda y fragilidad que impiden adueñarse de Dios.
El Señor glorioso confía a su iglesia la misión de anunciar el evangelio y de bautizar en el nombre de la Trinidad para incorporar a todo el mundo a su Pascua. La Iglesia es servidora de la salvación de la humanidad y lo realiza no por méritos propios, sino por voluntad de Jesús y con la fuerza del Espíritu Santo que la habita. Por eso, en la fiesta de la Ascensión pensamos en nuestra respuesta frente al mandato de Jesús, de qué manera, en comunidad y personalmente, obedecemos al envío. Algunos lo hacemos, tal como dice el evangelio, dedicando la vida a la predicación de su palabra y celebrando su sacramentos. También tenemos ministros extraordinarios que se comprometen en esta misión. Pero el mandato es a toda la Iglesia: estamos todos llamados al anuncio de la buena noticia de Jesús y a celebrar e incorporar el mundo a la vida Trinitaria, por la vida sacramental. Es fiesta, entonces, de misión, fiesta de respuesta de amor a la obra de Jesús y, sobre todo, de la firme convicción de su presencia en medio de nuestra pequeñez. Él sigue siendo el gran misionero, solo Él nos inserta en la vida de la Trinidad.
Hoy, nosotros, por nuestra misión, de algún modo, ascendemos al cielo con él. El Señor, al asumir nuestra humanidad, nos ha asumido a todos y por eso todo bautizado tiene la alegría y la conciencia de saber que ya reina con Cristo en el cielo junto al Padre, al tiempo que peregrina en las dudas y en las imperfecciones de este mundo.
Evangelio (Mateo 28, 16-20)
Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.