Señor, el mundo que Tú amas está enfermo

22.03.26 09:42 - Por Parroquia de la Santa Cruz

Homilía V Domingo de Cuaresma

La siguiente es la homilía que nos comparte nuestro párroco, presbítero Juan Francisco Pinilla, en el quinto Domingo de la Cuaresma.

Justo a una semana del Domingo de Ramos, escuchamos en la liturgia el relato de la reanimación de Lázaro. Acojamos este relato desde la dolorosa realidad del mundo actual. Y digámosle al Señor, con confianza y humildad: Señor, el mundo que Tú amas está enfermo. Presentemos al Señor tantas muertes, tanta violencia, tanto desprecio por la vida. Estamos realmente en un mundo muy enfermo, un mundo en guerra. Por eso necesitamos hacer sentir la voz del Señor que dice a Lázaro y al mundo nuestro: "sal fuera", sal de la podredumbre de las armas, sal de la estupidez de la guerra, sal de la oscuridad de la violencia... 

Esta es nuestra misión como cristianos en la hora presente: hacer resonar este mandato de Jesús sobre las tinieblas de la  muerte, contribuir a que la persona humana esté de pie. Necesitamos fortalecer una convicción muy profunda del valor y la defensa de toda vida, como el don más sagrado que hay. El Señor venció la muerte en Lázaro. 

El próximo domingo contemplaremos a Jesús entrar en Jerusalén para enfrentar su pasión. Él lleva precisamente esta muerte nuestra a la cruz. Su muerte es entrega total de su vida al Padre y en este acto de abandono absoluto, asimila todas nuestras muertes para abrirlas a la vida, en su resurrección. Que el triste panorama de los asesinatos en nuestro pais nos lleve a vivir como agentes de resurrección, como instumentos de paz y constructores de una nueva convivencia humana, con urgencia.

Evangelio (Juan 11, 1-45)

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: “Señor, el que tú amas, está enfermo”.

Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: “Volvamos a Judea”.

Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?”

Jesús les respondió:

“¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él”.

Después agregó: “Nuestro amigo Lázaro duerme, pero Yo voy a despertarlo”. Sus discípulos le dijeron: “Señor, si duerme, se sanará”. Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.

Entonces les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo”.

Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: “Vayamos también nosotros a morir con él”.

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.

Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a

su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”.

Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” Ella le respondió: “Sí, Señor, creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo”.

Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: “El Maestro está aquí y te llama”. Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que ésta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”.

Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: “¿Dónde lo pusieron?”

Le respondieron: “Ven, Señor, y lo verás”. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: “¡Cómo lo amaba!”

Pero algunos decían: “Éste que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?”

Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: “Quiten la piedra”.

Marta, la hermana del difunto, le respondió: “Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto”.

Jesús le dijo: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”

Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:

“Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que Tú me has enviado”.

Después de decir esto, gritó con voz fuerte: “¡Lázaro, ven afuera!”. El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.

Jesús les dijo: “Desátenlo para que pueda caminar”. Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él.

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