Pasito a pasito, desde las tinieblas a la plena luz de la fe

14.03.26 20:49 - Por Parroquia de la Santa Cruz

Homilía IV Domingo de Cuaresma

Nuestro párroco, pbro. Juan Francisco Pinilla, nos comparte su homilía en este Domingo IV de Cuaresma.


La fiesta de la Pascua  hacia la cual nos encaminamos, es una fiesta de la luz. La luz simboliza  la vida y la verdad. Decimos que la verdad nos ilumina y hay vida donde hay claridad.

El evangelio nos muestra a un hombre que ha pasado de las tinieblas de su ceguera a la fe luminosa en el Hijo de Dios, en un proceso que se configuró en medio de una polémica sobre la identidad de Jesús de parte de los fariseos.

El Señor sanó al ciego en sábado, un tema legal que molestó a los fariseos, sin percatarse de que un hombre había recuperado la vista. La luz que para el ciego significó la vida fue ceguera para los fariseos. En medio de la polémica,  el que era ciego comienza  gradualmente a definirse frente a la persona de Jesús.

En el primer interrogatorio sobre dónde está quién le devolvió la vista, él dice que no sabe. Cuando se produce la crisis y la división entre los fariseos, él afirma que es un profeta, lo que le significó la expulsión de la comunidad judía. Pero no termina aquí su definición, sino hasta que se encuentra personalmente con Jesús: “¿tú crees en el Hijo del Hombre?" y él responde: “creo, Señor”.

Es la gradualidad de la experiencia de la fe, de quien ha salido de las tinieblas. Un salir permanente en la vida del creyente, la experiencia de acceder, por medio de la vida misma, a una luz cada vez mayor, hasta alcanzar el cara a cara de la eternidad.

Tenemos este tiempo de cuaresma, precisamente, para definirnos por la luz  que es Cristo y dejarnos iluminar siempre por Él.
Hoy, en esta fiesta de luz, celebramos también el matrimonio de Catherine y Juan. Ellos traen su amor a la luz del sacramento tan deseado. Su testimonio nos mueve a madurar juntos en el camino de la fe. Los acompañamos con nuestro cariño y nuestra oración.

Evangelio (Juan 9, 1-41).

Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”

“Ni él ni sus padres han pecado, -respondió Jesús-; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.

Debemos trabajar en las obras de Aquél que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”, que significa “Enviado”.

El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?”

Unos opinaban: “Es el mismo”. “No, respondían otros, es uno que se le parece”.

Él decía: “Soy realmente yo”.

Ellos le dijeron: “¿Cómo se te han abierto los ojos?”

Él respondió: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: “Ve a lavarte a Siloé”. Yo fui, me lavé y vi”.

Ellos le preguntaron: “¿Dónde está?”

Él respondió: “No lo sé”.

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le

abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.

Él les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”.

Algunos fariseos decían: “Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”.

Otros replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?” Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?” El hombre respondió: “Es un profeta”.

Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres respondieron: “Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta”.

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: “Tiene bastante edad, pregúntenle a él”.

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Glorifica a Dios.

Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”.

“Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo”.

Ellos le preguntaron: “¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?”

Él les respondió: “Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?”

Ellos lo injuriaron y le dijeron: “¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es éste”.

El hombre les respondió: “Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo

honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada”.

Ellos le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?” Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el Hijo del hombre?”

Él respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en Él?”

Jesús le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando”.

Entonces él exclamó: “Creo, Señor”, y se postró ante Él.

Después Jesús agregó: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven”.

Los fariseos que estaban con Él oyeron esto y le dijeron: “¿Acaso también nosotros somos ciegos?” Jesús les respondió: “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece”.

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