En este trigésimo segundo Domingo del tiempo litúrgico común, nuestro párroco, pbro. Juan Francisco Pinilla, comparte con la comunidad su homilía.
Y si esta historia de las vírgenes y de la boda fuera nuestra historia...
En realidad, hay muchas cosas simbólicas en este relato. De partida el 10 es un número de totalidad en Israel: 10 los mandamientos, 10 las plagas de Egipto, así el 10 representa a Israel donde existieron estas dos posibilidades de llegar o no llegar a la boda. La boda misma es el gran símbolo bíblico de la profunda unión de Dios con su pueblo. Pero si somos nosotros, quiere decir que en cada uno puede vivir una virgen necia y una virgen prudente. A nosotros se nos confía la responsabilidad de optar.
Hoy se nos describe una escena futura y dramática que nos alerta sobre tomar la vida en serio. Las vírgenes prudentes previeron llevar aceite. Ellas se adormilaron y se durmieron como las otras, pero a diferencia, habían previsto mantener la lámpara encendida. Puede parecer egoísta que no hayan convidado aceite a las otras, pero es que esto significa la responsabilidad personal que es intransferible. En la boda yo no puedo casarme con el consentimiento de otro en vez del mío; soy yo quien debe dar el consentimiento; soy yo quien se hace cargo y por eso me responsabilizo del aceite. Entonces la escena del juicio toma otro peso: es mi juicio sobre la manera en que me he tomado la vida. Me proveo de aceite para la vigilia porque me parece una cosa importante mantener la lámpara encendida. Esa es la fe. Caminamos de noche hacia el encuentro con el Esposo. Pero ¿cómo será mi fe en esa manifestación final? Vemos que es fácil que el amor se enfríe. Y se enfría no un día para otro sino por pequeños descuidos que van minando la solidez. La fe es igual, es una cuestión de amor y si no procuro yo el aceite de manera diaria para mantener la lámpara se va a apagar.
Se nos invita a vigilar en la esperanza. Esa vigilia es una cuestión de amor, de querer encontrarnos con el Señor. Eso supone tomarse en serio la vida y prever que no falte el aceite, que mi fe no se apague, alimentarla por medio de la perseverancia en la oración, en la Eucaristía, en la participación en la vida parroquial y en el servicio que prestamos los demás. Hay muchas maneras de mantener el aceite; ayudémonos unos a otros a mantener esta llama de la fe encendida y salir al encuentro el Señor con un amor inteligente.
Evangelio (Mateo 25, 1-13)
Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.
Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: “Ya viene el esposo, salgan a su encuentro”.
Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: “¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?” Pero éstas les respondieron: “No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado”.
Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.
Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: “Señor, señor, ábrenos”.
Pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”.
Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.