No hay vida sin perdón 

13.09.26 10:48 - Por Parroquia de la Santa Cruz

Homilía en el XXIV Domingo del tiempo común

En este Domingo, el vigésimo cuarto del tiempo ordinario, nos comparte su homilía nuestro párroco, pbro. Juan Francisco Pinilla.


Hoy se nos plantea una pregunta que parece ser fácil de responder, es una cuestión de lógica: "¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?". La respuesta parece obvia. Pero, ¿qué pasó?

¿Por qué el siervo perdonado no actuó con su compañero del mismo modo en que él fue tratado? ¿Por qué no perdonó la deuda, que era pagable? 100 denarios son 100 días de trabajo. En cambio, la deuda perdonada es una exageración absoluta: ¡10.000 talentos! Una cifra, a propósito, estratosférica. Salomón recaudaba 666 talentos al año, es decir, unos 3.300 millones de dólares.

Hay un gran misterio en esta inconsecuencia. ¿Qué hace que la experiencia de la misericordia no se extienda naturalmente hacia el otro? ¿Qué obstaculiza el plano aparentemente lógico de la misericordia? ¿Qué hay en el fondo del corazón humano, que impide ese deber ser? Es el misterio insondable de la libertad y responsabilidad y donde radica la dignidad humana.

El siervo perdonado no valoró lo que le había ocurrido, no era una simple deuda, era la vida misma. Como no captó la inmensidad del don siguió viviendo a ras de suelo, con lógica mezquina y egoista. Ciego ante los demás.

Y nosotros, ¿captamos el don que el Padre Dios nos regaló en la cruz de su Hijo? Perdón viene de don. Necesitamos del perdón para vivir y debiera ser una experiencia para compartir con sencillez y naturalidad. Agentes de misericordia.

Evangelio (Mateo 18, 21-35)

Se acercó Pedro y dijo a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”

Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Dame un plazo y te pagaré todo”. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: “Págame lo que me debes”. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda”. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.

¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?” E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos”.

Parroquia de la Santa Cruz