El pbro. Juan Francisco Pinilla, párroco de La Santa Cruz Ñuñoa, nos comparte su homilía para este Domingo, el décimo séptimo del tiempo litúrgico común.
Hoy escuchamos nuevas parábolas del Reino de Dios. Dos tratan de un gran hallazgo y la tercera señala un juicio.
Aunque las parabolas del tesoro y la de la perla se parecen, el hallazgo ocurre por caminos diversos. Uno, de manera fortuita, un tesoro escondido, no buscado; el otro, en cambio, una perla hallada tras una afanosa búsqueda. En ambos casos, los protagonistas se desprenden de sus posesiones anteriores para adquirir, el tesoro o la perla. Se nos presentan, así, diversos caminos de encuentro con Dios, en los cuales Dios siempre nos sorprende, como cautivados por la alegría. "Surprice by joy" tituló su conversión el gran C. S. Lewis.
El valor de lo encontrado ha despertado una inmensa alegría, lo que lleva a una decisión de vida: la venta de todo. No se trata de una alegría pasajera, sino de una alegría que acompaña una nueva vida. Por eso sigue la parábola de la pesca, es decir, un discernimiento final, en el cual, como en el Domingo pasado, también intervienen los ángeles, separando los malos de los buenos, y el horno.
Todos caben en la red, en el amor gratuito del Señor, pero no basta. Hay una responsabilidad y un discernimiento final en acción. Salomón pidió al Señor un corazón dócil y el poder discernir el mal del bien. Dones para vivir, que reflejan la alegría del Reino. No se trata de cualquier alegría. Es una alegría comprometida con el bien y la justicia. Una alegría renovada cada día, en toda opción que se confronta con el valor infinito del Reino de Dios. Alegría destinada a la eternidad.
Evangelio (Mateo 13, 44-52)
Jesús dijo a la multitud:
El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.
El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.
Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
“¿Comprendieron todo esto?”
“Sí”, le respondieron.
Entonces agregó: “Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”.