La Palabra de Dios toca nuestro corazón

12.07.26 13:36 - Por Parroquia de la Santa Cruz

Homilía en XV Domingo del tiempo común

Imagen creada con ayuda de inteligencia artificial

Nuestro párroco, pbro. Juan Francisco Pinilla, nos comparte su homilía en este Domingo XV del tiempo litúrgico ordinario.


La parábola de este Domingo nos presenta una acción en triángulo. Primero, el sembrador, del cual no se dice nada, queda oculto en el trasfondo de la acción; segundo, las semillas esparcidas con distinto destino y, tercero, los distintos tipos de tierra y su fecundidad propia.
Solo una parte de las semillas cayó en tierra fértil. Parece un gran desperdicio. Es un rasgo de la identidad del sembrador: siembra sin calcular el retorno, con sobreabundancia de vida, de generosidad y con esperanza en la fuerza de la semilla.

Luego, de manera alegórica se explica el sentido del relato aplicado a la recepción de la Palabra de Dios. Surge la pregunta: ¿quién podría adjudicarse a sí mismo el hecho de ser ciento por ciento tierra fecunda? ¿No pasamos muchas veces por momentos de dureza impenetrable? ¿O momentos de entusiasmo de poca duración? Y ¿qué decir de las preocupaciones de la vida y del afán del dinero que, como zarzamoras, ahogan la fe? Somos nosotros todos esos terrenos. La invitación del evangelio es a escuchar y comprender la Palabra del Señor. Ahí está la fuerza de su fecundidad. La Palabra, por el entendimiento, alcanza el corazón y la vida.

Una invitación a ordenar el día en torno a esa siembra y a esa escucha. Daremos frutos, cada uno a su manera, en la medida de comprender y asimilar la Palabra de Dios.

Evangelio (Mateo  13, 1-23)

Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía: “El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron enseguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y éstas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!”.

Los discípulos se acercaron y le dijeron: “¿Por qué les hablas por medio de parábolas?”

Él les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: “Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los sane”.

Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.

Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: éste es el que recibió la semilla al borde del camino.

El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta enseguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Éste produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno”.


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