La cosecha es abundante. ¡Que nada se pierda!

14.06.26 13:36 - Por Parroquia de la Santa Cruz

Homilía en el XI Domingo del tiempo ordinario

En el undécimo Domingo del tiempo ordinario, nuestro párroco Juan Francisco Pinilla nos comparte su homilía.

Hoy, asistimos a una mirada y una petición. La mirada constata una realidad: mies abundante y pocos trabajadores; la petición, dirigida al dueño de la cosecha, quiere subsanar aquella realidad.
Rueguen al dueño de la mies, que envíe trabajadores. Si nos fijamos bien, el gran protagonista de la situación es el dueño de la mies y de los trabajadores. Entonces nos preguntamos: si suya es la cosecha, ¿por qué no se procura él mismo los trabajadores que precisa?
¿Por qué tendríamos nosotros que pedirle operarios? ¿Qué misterio lleva este ruego?
Esta metáfora nos remite a la pastoral de la Iglesia. Jesús la ha dicho a continuación de su diagnóstico: gentes que vagan errantes sin pastor. El ruego nos vincula entonces a su compasión por el rebaño.
Si la cosecha es abundante, quiere decir que el fruto de la salvación está vigente, que la obra de Dios es superabundante, por lo cual siempre estaremos al debe en la contratación de operarios. De ahí el ruego. Esa abundancia del Reino requiere gestión pastoral. Y allí nos encontramos nosotros. Sería cínico rogar sin mover un dedo por el rebaño. Rogar es participar de la misericordia pastoral del Señor. Rogar es asumir personalmente la responsabilidad de la vida del rebaño y del aprovechamiento de la cosecha, que nada se pierda. Ayer, más de 100 personas del decanato Ñuñoa se reunieron para prepararse y para renovarse como ministros extraordinarios de la comunión a los enfermos, 16 de nuestra parroquia, que atiende especialmente a hogares de ancianos (Ver más información sobre este curso). Un ejemplo de compasión por los hermanos. También la generosa ayuda fraterna mensual. Frente al ruego cabe interrogarse nuevamente ¿Y no será que el Señor me está llamado a mí?
Que no termine esta misa sin haberle respondido.

Evangelio (Mateo 9, 35—10,8)

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:

“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha”.

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de sanar cualquier enfermedad o dolencia.

Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones:

“No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente”.

Parroquia de la Santa Cruz