La bondad de Dios siempre nos sorprende

19.09.26 10:51 - Por Parroquia de la Santa Cruz

Homilía en el Domingo XXV del tiempo ordinario

En este Domingo, vigésimo quinto del tiempo litúrgico común, nuestro párroco, pbro. Juan Francisco Pinilla, nos comparte su homilía.


Los trabajadores contratados a primera hora "pensaron" que... es decir, supusieron que recibirían más dinero que los últimos, aunque la paga había sido bien definida: un denario.

Finalmente, la prodigalidad del dueño de la viña despertó la envidia de aquellos primeros.

Tengamos presente que a este relato sigue el tercer anuncio de la Pasión del Señor.

Nuevamente, se comprueba lo dicho por Isaías: "Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos". Al igual que el Domingo pasado, la lógica del Reino nos desconcierta. No sabemos responder de manera adecuada a la novedosa bondad de Dios. Una bondad que nos sorprende siempre y hasta puede causar el mal ojo, es decir, la envidia, la odiosa comparación. 

La viña es el símbolo clásico de lo que es Israel para su Dios. Los primeros y los últimos, todos son trabajadores por igual y todos merecedores del pago convenido. ¿Por qué suponer una mayor ganancia? La razón parece correcta: unos han trabajado más horas, ¿es justo pagar lo mismo a un recién llegado? Era el problema de los cristianos venidos del judaísmo y los recién llegados paganos. La parábola introduce el mensaje de la Pasión: Jesús murió por todos. Esa es la bondad de Dios, ante la cual no caben distinciones ni envidia. Al invertir el horario de la paga, Dios quiere participar de su bondad a todos, que todos se alegren de su amor.

Evangelio (Mateo 19, 30—20, 16)


Jesús dijo a sus discípulos: “Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña.

Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Y ellos fueron.

Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?” Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”.

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros”.

Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario.

Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”.

El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿O no tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”.

Parroquia de la Santa Cruz