Nuestro párroco, pbro. Juan Francisco Pinilla, nos comparte su homilía en este Domingo, II del tiempo Ordinario.
El evangelio nos manifiesta el testimonio de Juan Bautista acerca de Jesús: "Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo" y así lo repetimos nosotros en cada eucaristía, reconociendo la profunda identidad del Señor y su misión.
El cordero de Dios remite a dos grandes experiencias del pueblo de Israel: el siervo sufriente de Isaías, aquel que es capaz de ofrecer su vida por la liberación de su pueblo y también universal. Luego, el Cordero de la Pascua, que fue la comida de la liberación de Egipto y el cordero expiatorio de la tradición.
Jesús se comprende en esta tradición religiosa y así se nos da la revelación definitiva de Dios. A través de la razón y de la contemplación la humanidad puede decir de Dios ser muy hermoso, más que el sol y las estrellas, más tierno, más amoroso, más paterno que todo lo que existe, más sabio y todo lo que consideramos bueno superlativamente, y habría sido una idea acerca de quién es Dios: alguien superlativo, tanto que sería inimaginable.
En Jesús, Dios aparece como un Cordero y eso no lo habríamos imaginado nunca. El amor de Dios podríamos haberlo pensado, pero un amor capaz de entregarse y de morir por nosotros, eso era impensable y es precisamente la revelación de Dios que ha ocurrido en Jesucristo. Un Dios que nos ama hasta el extremo de dar la vida por nosotros. Entonces hoy, al rezar: "Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo", podemos adherir con fe y gratitud a esa entrega del Hijo de Dios que nos revela el definitivo rostro de Dios en el mundo.
Pero el evangelio añade algo más, es el cordero sobre quién reposa y permanece el Espíritu de Dios, lo que es el motor interior de la vida de Jesús, el mismo que nos comunicó en Pentecostés. Él, que no se reservó su vida, tampoco se reservó su Espíritu, que lo une con el Padre y nos consagró a nosotros en el bautismo. Por eso san Pablo en la carta de los Corintios le recuerda a los cristianos que están llamados a ser santos, es decir, guiados por el Espíritu, que hizo de Jesús el siervo y el cordero.
Hay aquí un criterio para nuestra nuestra misión en el mundo. No es al modo de la violencia, ni de los imperios, ni las dominaciones; es al modo del siervo y el Señor nos lo enseña con su vida: el mundo se redime por la entrega personal de la vida, una entrega humilde total, gratuita, entregarnos con amor, en esto consiste la redención del mundo.
Evangelio (Juan 1, 29-34)
Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A Él me refería, cuando dije:
Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel”.
Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo”.
Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios”.