La siguiente es la homilía de nuestro párroco en el XIII Domingo del tiempo ordinario.
El evangelio de hoy nos presenta dos temas distintos: La cruz del seguimiento y la acogida del discípulo.
¿Dónde se unen estas palabras del Señor?
La historia de Eliseo apunta hacia la hospitalidad ofrecida al enviado del Señor. La recompensa prometida.
La primera parte es dura de aceptar. Sin embargo, es una exigencia central del cristiano. Amar al Señor por encima de todo vínculo humano. Amor que obliga a participar en su obra de salvación mediante la cruz. Por eso, no se trata de cruces personales, sino de llevar la cruz del Maestro. San Pablo diría "concrucificados con Él para conresucitar con Él”.
Y ahí descubrimos el vínculo entre ambas partes de este evangelio. A quien se acoge y se hospeda es al mismo Señor, en la persona de su enviado. Se trata, entonces, de la unión e identificación con el Señor, muerto y resucitado. Poner al Señor en el centro, poner su amor entregado como criterio de la vida.
Solo se puede llevar cada día la cruz si comprendemos que es nuestra asociación a su amor infinito. El modo de amarnos hasta darnos su vida. La cruz de cada día, es el amor de cada día, en cada crucifixión que experimentamos.
Evangelio (Mateo 10, 37-42)
Dijo Jesús a sus apóstoles:
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.
El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.
Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.