El amor de Dios, siempre abierto a nuestra libertad

11.10.26 08:04 - Por Parroquia de la Santa Cruz

Homilía XXVIII Domingo del tiempo común

Nuestro párroco, pbro. Juan Francisco Pinilla, nos comparte su homilía en este Domingo, el vigésimo octavo del tiempo Ordinario.


El banquete magnífico, para todos los pueblos, profetiza aquella boda que simboliza el Reino de Dios. El proyecto divino (ya hemos hablado del "sueño de Dios"), el cual se cumple, a pesar del rechazo de Israel.
No deja de sorprendernos el cambio brusco de actitud del rey de la parábola. Una generosidad que se transforma en un castigo y, al final, por una causa, para nosotros superficial: la falta del vestido adecuado, la exclusión mortal de un invitado. O este rey es temperamental o hay aquí dos parábolas que se complementan.
La generosidad fiel del rey contrasta con la indiferencia y violencia de los invitados, esto tiene sus consecuencias. Es lo que en la Biblia aparece con el lenguaje del "castigo divino". El rechazo de la invitación perjudica gravemente a sus protagonistas. Se trata de una advertencia. 
La fiel generosidad del amor de Dios es un misterio abierto a nuestra libertad, cabe así el rechazo. La acogida del Reino pasa del primer entusiasmo alegre a la responsabilidad de cada día. El vestido (procurado por el mismo rey) equivale al bautismo, que nos viste para la gala del banquete eucarístico. La gracia de Dios despierta nuestro compromiso.

Evangelio (Mateo 22, 1-14)

Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los fariseos, diciendo:

El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero éstos se negaron a ir.

De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: “Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas”. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”.

Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?”. El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: “Átenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”.

Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.


Imagen: Parábola del gran banquete de Brunswick Monogrammist, Museo Nacional de Varsovia, Polonia



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