Homilía en la fiesta parroquial de La Santa Cruz

La siguiente es la homilía de nuestro párroco, pbro. Juan Francisco Pinilla, en la fiesta parroquial de La Santa Cruz.
Hoy celebramos nuestra fiesta patronal: la exaltación de la Santa Cruz y recibimos nuestro nombre como un regalo, algo inmerecido, gratuito, espontáneo. Y al recibirlo sentimos gratitud y alegría, pero también responsabilidad.
Un regalo incorpora algo nuevo en nuestra vida, algo cambia que nos obliga a responder de una cierta manera. Perdonen el ejemplo tan banal, pero hagamos cuenta que te regalan una cafetera eléctrica. Tú lo agradeces, te alegras, pero tienes que aprender a usarla y, una vez que has aprendido, te hace responsable del uso y de la misión. Puedes transformar la cafetera en un motivo de encuentro, de servicio y de compartir. Así ocurre con los regalos: nace la gratitud, la alegría y luego viene que hay que conocer el regalo, instruirse para aprender a usarlo y descubrir el sentido y la misión que tiene.
Este ejemplo nos ayuda a comprender hoy nuestra fiesta. Hemos recibido el regalo del nombre de la Santa Cruz, el centro de nuestra fe. Así, la cruz de Cristo está en el centro de nuestro templo. No es una cruz que está colgada, está inserta en la tierra desde donde se eleva hacia el cielo. Un signo de ignominia y de muerte que el Señor transformó en una flecha hacia el cielo, en camino hacia el Padre, en fuente de salvación. El antiguo árbol del paraíso que había sido causa de muerte es suplantado por este árbol que nos da la vida.
El evangelio cita el acontecimiento salvador del Éxodo cuando los mordidos por serpientes, al mirar la serpiente de bronce elevada sobre el pueblo, quedaban sanados. Hoy miramos a la Cruz, donde el Señor asumió todo aquello que nos mata y en esta empatía divina Él nos regala su vida, cambia nuestra muerte en vida y nuestros sufrimientos en esperanza.
Nuestra misión es es aprender a leer los acontecimientos del mundo desde esta Cruz plantada en la historia que nos señala el cielo. Somos hechos testigos de esperanza, de que no tiene la muerte la última palabra, sino la resurrección del Señor. De la cruz ha brotado la vida y la vida eterna.
Hoy queremos dar gracias al Señor por esta comunidad donde se fortalecen lazos de auténtica fraternidad, de aprecio y de cariño, donde despiertan continuamente vocaciones de servicio al Señor y a su Iglesia. Juntos ofrecemos a nuestro barrio un espacio de encuentro, de servicio, de diálogo, de fiesta. Queremos ser responsables de este regalo que invita a poner la cruz en el centro de nuestra fe y de la vida del país. Ser cada día promotores de esperanza y un lugar donde la redención se expresa en relaciones nuevas de vida y de servicio.
Evangelio (Juan 3, 13-17)
Jesús dijo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él».

