La Iglesia inicia hoy este tiempo con el miércoles de Ceniza

La cuaresma son los 40 días previos de preparación a la Pascua. Es un tiempo litúrgico que consta de cinco domingos, comienza con el Miércoles de Ceniza y concluye en la mañana del Jueves Santo. En nuestro templo parroquial de La Santa Cruz - santuario de san Expedito, la eucaristía de miércoles de ceniza será hoy miércoles 18 de febrero a las 19 horas.
¿Por qué cuarenta días? Es un número simbólico, cuyo significado se encuentra en la Biblia. En el Antiguo Testamento, evoca a los cuarenta días del diluvio, los cuarenta días y noches de Moisés en el Sinaí, de Elías que camina hacia el Horeb, los cuarenta años del pueblo elegido en el desierto, y los cuarenta días después de los cuales Nínive sería destruida según la predicación de Jonás. En el Nuevo Testamento alude a los cuarenta días en los que Jesús se retira al desierto para orar y ayunar, al final de los cuales combate y vence al diablo con la palabra de Dios (Mt 4,1-11; Mc 1,12-13; Lc 4,1-13).
La Cuaresma es un tiempo de conversión y de gracia, un camino espiritual a recorrer iluminados por el fulgor de la Pascua, acontecimiento salvífico hacia el cual este período nos prepara. Por eso, en este tiempo se invita a todos los cristianos a realizar un constante camino catecumenal: un itinerario de escucha perseverante de la Palabra de Dios, que llama a una sincera conversión.
La oración, el ayuno y la misericordia
Estos son los pilares cuaresmales que nos ayudan a que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante y la virtud permanente. Estas tres dimensiones constituyen la vuelta a la completa reconciliación: la oración nos devuelve la comunión con Dios; la solidaridad y la caridad nos reconcilian con los hermanos; el ayuno, en cuanto dominio de sí, es expresión de austeridad y, por la adquisición de una libertad espiritual, nos reconcilia con nosotros mismos.
Cuaresma y Semana Santa nos invitan a recorrer un camino que va más allá de los gestos externos: ceniza, desierto, ayuno, oración, solidaridad y caridad. Cada signo es un lenguaje que habla al corazón, ilumina nuestra vida y nos interpela en lo personal y comunitario. Estos signos nos enseñan que la conversión no es un acto aislado, sino un proceso integral: reconocer nuestros límites y dependencias, aprender a escuchar, abrirnos a los demás, acompañar a quienes sufren y caminar con Cristo hacia la vida nueva de la Pascua.
Vivir este tiempo litúrgico a la luz de Jesús, significa dejar que cada gesto nos transforme, que cada experiencia nos haga más humanos y más solidarios, y que nuestra fe se vuelva concreta, en amor, justicia y esperanza. Este camino se hace más hondo cuando miramos toda la vida y entrega de Jesús, desde su encarnación, su opción por los más pobres y excluidos, por los pecadores, cuando se inclina para lavar los pies a sus discípulos, cuando se entrega como pan partido y compartido. Él nos abre a la vida nueva en la Resurrección, mostrándonos que el amor vivido hasta el extremo nunca es estéril.

