En este segundo Domingo del tiempo de Cuaresma, nuestro párroco, pbro. Juan Francisco Pinilla, nos comparte su homilía.
En nuestro camino hacia la semana santa, la gran Pascua anual, el evangelio nos ofrece como unos peldaños de contemplación. Hoy nos detenemos en el episodio de la transfiguración del Señor. Nos dice el evangelio: "...subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos". En un monte alto los discípulos han oído aquellas palabras que recuerdan el bautismo de Juan, al inicio de la misión del Señor: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco». Pero se añade el mandato: "escúchenlo". La visión que han tenido apunta a una obediencia. La experiencia que Pedro, Santiago y Juan han vivido, desplegará su significado por medio de la escucha del Maestro.
En el monte alto se les ha dado una nueva perspectiva sobre el Maestro. No es lo que ya conocían en el valle, un conocimiento plano. La figura del Maestro se les transfigura, lo experimentan en la misma linea de aquellos grandes servidores de Dios, como son Elías y Moisés, a su mismo nivel. Aún más, se les descubre la identidad más profunda del Hijo y del Siervo de Yahvéh. Pero bajo el enigma de la nube luminosa. Algo que comprenderán más tarde, a la luz de la resurrección.
Al recordar este acontecimiento, que anticipó su muerte y resurrección a sus discípulos, podemos también nosotros subir al monte de la contemplación y descubrir la verdadera identidad del Señor.
Nos ayuda a reordenar el rumbo a la semana santa. Nos indica el verdadero sentido de nuestra cuaresma. Y así, retomar el anhelo de la Pascua. El bautismo nos ha hecho hijos en el Hijo. Esa complacencia del Padre en su Hijo amado, es también sobre nosotros. La transfiguración del Señor fue un adelanto de su resurrección, en medio de seguimiento. También para nosotros un adelanto de su victoria en medio de nuestro peregrinar. Un gran aliento y esperanza en medio de este mundo.
Evangelio (Mateo 17, 1-9)
Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: “Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: “Levántense, no tengan miedo”. Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”.