Nuestro párroco, pbro. Juan Francisco Pinilla, nos comparte su homilía en este Domingo, el vigésimo sexto del tiempo litúrgico común.
Un hombre que tiene dos hijos es un padre. Nos recuerda aquel otro padre que había perdido a sus dos hijos, el mayor y el menor...
¿Qué pretende la parábola? Se dirije a las autoridades de Israel. Un verbo se repite: arrepentirse. Y esa es la entrada en el Reino. En eso mismo consistió la predicación de Juan el Bautista, desoída por la religión oficial y acogida por los pecadores.
Vemos un No desafiante, que se convierte en fidelidad y un Sí políticamente correcto, pero estéril. Allí se juega nuestra relación con el Padre y la participación en su Reino. San Pablo dirá que no es la ley ni las obras las que hacen justo ante Dios, sino la gracia de Dios, que opera por el amor. Misericordia que requiere ser acogida gratuitamente. A esta luz, ¿qué es el arrepentimiento?, ¿cuáles son sus condiciones? Los impuros, los fuera de la ley, se arrepintieron y se bautizaron por Juan. Acuden a la invitación de la misericordia.
¿Es posible el arrepentimiento?
Para nosotros, católicos, es parte integrante de la confesión, sacramento de reconciliación. Arrepentimiento que sucede al dolor del mal cometido, dispone al perdón divino y actúa de manera reparatoria.
El arrepentimiento aporta lucidez sobre la vida, humildad y esperanza. Por eso abre al Reino de Dios, a la vida nueva.
Evangelio (Mateo 21, 28-32)
Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
“¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y éste le respondió: “Voy, Señor”, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?”
“El primero”, le respondieron.
Jesús les dijo: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él”.