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Vivir desde Dios y para Dios

Compartimos la reflexión de nuestro párroco, pbro. Juan Francisco Pinilla, en torno al evangelio de este Domingo XXIII del Tiempo Ordinario (texto al final).

En este evangelio, tres veces se nos dice: “no puede ser mi discípulo”; lo que sería un evangelio para no ser discípulo! O, las condiciones para no poder ser discípulo de Jesús. Las situaciones de vida que nos presenta se refieren al amor familiar, a la construcción de un edificio y a una batalla inminente.

La primera situación, es algo desconcertante. El seguir a Jesús parece contradecir el cuarto mandamiento de la Ley de Dios. ¿Qué es este amar más o preferir? Incluso más que la propia vida. La segunda situación, nos pone la imagen de una construcción, lo que requiere calcular, presupuestar, planificar para llevar a término la obra. La tercera situación, también remite a un cálculo estratégico para la paz.

En estos dos últimos casos, estaríamos de acuerdo. Este saber realizar algo y culminarlo se debe aplicar entonces, al seguimiento del Señor. Pero topamos en que ser discípulo, si bien requiere una decisión personal, finalmente es obra del Espíritu en nosotros. Es una vocación, un llamado. Ante una empresa como dar la vida por el Señor, y al hacer los cálculos correspondientes, muchos podrían echarse para atrás y decir de antemano, no me la puedo con la cruz.

Por eso la condición decisiva es el amor mayor a todo vínculo humano natural. Un vivir desde Dios y para Dios. Todo amor adquiere su justo valor ante el Señor, todo es grande y todo es relativo, a la vez. Ciertamente, en todo podemos amar al Señor, pero no en todo lo amamos a Él. Y es así, por razón del pecado que nos impide reconocer en todo momento su belleza cautivadora y nos lleva hacia los ídolos. Por otra parte, el amor no calcula, dejaría de ser amor. El amor que exige el seguimiento de Jesús es un amor crucificado, y la cruz no entra naturalmente en ningún proyecto de amor humano.

El discípulo, la discípula, es un ser enamorado, no un calculista ni un estratega. Sabe y experimenta que amar al Señor es llevar la cruz, que al amar y seguir al Señor debe enfrentar muchas contradicciones y muertes. Por eso la senda y la puerta son estrechas.

El que sigue al Señor no busca aplausos, ni fama, ni privilegios, ni ser reconocido ni que le anden agradeciendo todo, como el Señor, que nos amó entregando su vida en la cruz.

El único cálculo, si lo hubiera, es contar siempre y en todo con la fuerza el Espíritu Santo, Espíritu de amor y de fortaleza, de consuelo y de vida. El único cálculo es la fuerza de un sí humilde, al Dios de lo imposible.

Evangelio (Lucas   14, 25-33)

Junto con Jesús iba un gran gentío, y Él, dándose vuelta, les dijo: Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: “Este comenzó a edificar y no pudo terminar”.

¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.