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La radicalidad del seguimiento a Jesús

Compartimos la reflexión del presbítero Juan Francisco Pinilla, nuestro párroco, para este Domingo, XIII del Tiempo Ordinario.
Jesús se encamina decididamente hacia Jerusalén. El rechazo de los samaritanos y la incomprensión de sus discípulos, anuncian el rechazo final. Sabemos que esta “elevación al cieo” será la subida hacia la cruz. En este camino, Lucas nos presenta tres candidatos a discípulos, anónimos.
A la entusiasta disponibilidad del primer candidato: “te seguiré adonde vayas”, la respuesta de Jesús es un balde de agua fría. Discípulo es quien acoge la llamada del Maestro, no quien busca un lugar donde ser acogido. Es Jesús quien debe ser acogido en el corazón.
Al segundo, el mismo Señor lo invitó. Pero este interpuso una condición, por lo demás, tan humana. Pero Jesús le hace una invitación al futuro. Parecido es el tercero, quiere seguir al Señor, pero después de cumplir otras prioridades. A este le da el ejemplo de arar mirando para atrás, lo que lo hace inútil para el Reino. Por lo tanto, ninguno calificó.
Los ejemplos son fuertes: sepultar al padre, despedirse de los suyos, pero la prontitud y la libertad que exige Jesús se entienden ante la urgencia del Reinado de Dios. El discípulo está ante una opción absoluta y definitiva. Quien sigue a Jesús participa de esa decisión suya de dar la vida entera por amor.
¿Hacia donde nos conducen estas palabras? Ciertamente, a una radicalidad del seguimiento. Si es el Señor quien llama, lo imposible se realiza.

Evangelio (Lc 9, 51-62)

Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de Él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén.

Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos? Pero Él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo.

Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: ¡Te seguiré adonde vayas!

Jesús le respondió: Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.

Y dijo a otro: Sígueme. Él respondió: Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre. Pero Jesús le respondió: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios.

Otro le dijo: Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos. Jesús le respondió: El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.