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Amar y dar sin esperar nada a cambio

El Pbro. Juan Francisco Pinilla, nos comparte su reflexión para en torno al evangelio del XXII Domingo del Tiempo ordinario, cuyo texto presentamos al final de este comentario.

El evangelio de este Domingo ocurre en una comida y Jesús observa a quienes lo observan a él. Les dirige entonces una palabra, a los invitados y a quien lo había invitado.

A los primeros los pone en el juego del honor y la vergüenza y los invita a cambiar de actitud, hacer lo contrario de lo que han hecho hasta el momento. Esto tiene que ver con algo que está más allá de andar buscando honores y reconocimiento, con un tipo de relaciones humanas interesadas, por lo mismo no auténticas. Convertir la mesa en un asunto de negocios.

Al segundo, él lo invita a una bienaventuranza eterna: ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!”

Es la felicidad de dar sin recompensa, como Dios que ama sin medida y sin interés: “cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos”.

Entonces, el Señor nos invita hoy a vivir como Dios, nuestro Padre, quien ama sin esperar retribución, pero eso solo es posible a quien vive desde su ser auténtico, no negociable. Esta libertad que da la verdad es, desde ya, una gran felicidad.

Evangelio (Lucas 14, 1. 7-14)

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola:

Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar.

Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: “Amigo, acércate más”, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado.

Después dijo al que lo había invitado: Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa.

Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.

¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!